Jamás podré olvidar ese día. Estaba en mi casa y recién me había levantado. Pensaba en él y en mí, mientras tomaba el desayuno. Pensaba en nosotros. De repente, el sonido del timbre interrumpió mis pensamientos. No se me ocurría quien podía ser, yo no esperaba a nadie. Distraída y abstraída en mis propios pensamientos de adolescente enamorada abrí automáticamente la puerta que daba al jardín, sin ningún tipo de precaución. Me di cuenta que no había nadie. Camine unos pasos hacia afuera de la casa, un poco temerosa al darme cuenta de lo que había hecho y me topé con eso. Un ramo de flores gigante estaba delicadamente apoyado en el pasto. El miedo desapareció inmediatamente. Me acerqué a ellas para olerlas y tocarlas. Eran las flores más coloridas y aromáticas que había visto en mi vida. Eran tan extravagantes. Sostenía el ramo gigante en mis brazos como una madre a su hijo recién nacido. Tenía miedo de tocarlas porque sentía que las rompería y era lo que menos quería…pero me animé. Los pétalos de las rosas, eran más suaves que la seda. Nunca me habían regalado un ramo de flores tan hermoso y es que en realidad, nunca me habían regalado flores. Nadie sabía cuánto me gustaban en verdad. Solo una persona lo sabía y por eso estaba segura de quién me las había enviado… y por qué. Cerré los ojos, me aferré al ramo y comencé a girar. Era como si un tornado de aromas girara a mí alrededor y yo, me encontraba en el ojo de la tormenta. Un poco mareada me dejé caer y fue recién en ese momento que, acostada entre los yuyos y luego de unos minutos, pude abrir los ojos. Él estaba ahí, contemplándome desde arriba ¡Había estado observándome todo el tiempo y yo ni lo había notado! Me puse roja como un tomate. Nos miramos un buen rato sin decirnos nada hasta que me dijo: “Feliz cumpleaños…creí que te gustaría recibir algo así en este día.” Y sonrió. Todo el amor que sentía por él me inundó el cuerpo y no pude decir nada. Muda, me levanté de un salto y lo besé. Creo que ese beso valió más que un “gracias” y no hicieron falta palabras para demostrarle cuánto me había gustado su regalo. Finalmente, nos miramos otra vez, nos abrazamos y nos recostamos en el pasto. Jugamos a adivinar, con los ojos cerrados, el nombre de la flor con la que uno le hacia caricias en el rostro al otro. ¡Nos reímos tanto! Así estuvimos todo el día, hasta que comenzó a oscurecer. Nunca voy a olvidar ese día, fue el mejor cumpleaños de mi vida.
Cami, aunque no me tocaba comentar tu blog, tuve ganas de hacerlo.
ResponderEliminarCuando lei por primera vez tu texto (cuando hicimos la cadena de mails) me gusto muchisimo. Senti un escalofrio que recorrio todo mi corazon, soy de esas que sueña despierta y donde lo romantico forma parte de mi vida en todo momento.
Algo que me parece que ayudo a generar esos sentimientos en mi, fue la increible y profunda descripcion de las flores.
Nos vemos el martes.
Mer