Me dirigí una vez más hacia el espacio cultural elegido: el Club Cultural Matienzo. En esta ocasión ya no imaginando cómo sería el lugar o su historia, sino preguntándome y haciendo conjeturas sobre qué iba a suceder allí, esa noche.
Al Ingresar al Club me encontré con mis compañeros que estaban sentados bajo la luz ultravioleta y, una vez más, pude percibir ese clima de tranquilidad y comodidad. Me senté en un sillón junto a ellos y pude distenderme ya que el espacio era sumamente acogedor.
Unos minutos después decidí ir al piso de arriba, donde se estaba desarrollando una exposición de cuadernos. Al subir las escaleras, observé que, en el medio de una de las dos habitaciones, se encontraba una pareja sentada en una mesa, a punto de cenar. Los rodeaban cuatro paredes repletas de hojas de cuadernos con dibujos, garabatos, frases y escrituras. A cada uno de los autores, Sonia Basch, Carla Flores, Adam Farchy y Marisol Gómez, le correspondía una pared en donde se hallaban todas sus obras. Exponían, allí, hojas que habían arrancado de sus cuadernos en los que tomaban apuntes y de vez en cuando dejaban volar su imaginación.
Todos estaban realmente muy buenos pero los que más me gustaron fueron los de Marisol Gómez. La mayoría estaban hechos con lápiz y lapicera. Se podían observar apuntes relativamente extensos de psicología, textos o formulas que ocupaban el centro de la hoja y que se encontraban enmarcados por increíbles figuras humanas y garabatos. También encontré en su pared, un dibujo en el que había una mujer pintada de color verde con pelo corto de color rojo rojo. Por su aspecto, me hizo acordar al personaje animado el Grinch. Su rostro no transmitía felicidad sino cierto estado de crisis y desequilibrio y además tenía la boca cocida. Atrás y por encima de sus cabellos, se asomaba un hombre con barba que sostenía en una mano una botella de whisky y en la otra un porrón de cerveza. Me llamó muchísimo la atención por sus colores que lo distinguía del resto que lo rodeaban y por lo extremadamente real que parecía esa botella de Jack Daniel’s. Me pregunté el significado del dibujo y pensé que podía tratarse de una alcohólica a la que su inconciente, representado por el hombre, la estaba tentando a consumir alcohol. Desde este punto de vista, la boca cocida significaría la represión que experimentaba la mujer por el hecho de no satisfacer su deseo de consumir. Otro dibujo de la misma autora que me llamó la atención fue uno de un rostro de una mujer, hecho con lápiz, que parecía un tatuaje. Podía imaginármelo en la piel de una persona.
En la pared enfrentada a ésta se podían observar dibujos que se caracterizaban por ser más estrambóticos. Podían observarse monstruos simpáticos, entre otras cosas. Por lo general, todos los colores invadían esas hojas y gran cantidad de frases acompañaban a los dibujos pintados con marcadores. En la tercera pared habían unos pocos esbozos de rostros y figuras humanas muy bien logrados y en la última, la cuarta, se repetían dibujos hechos principalmente en lápiz y lapicera. Ahí encontré otro dibujo que me llamó la atención. Las consignas dadas en la materia Lenguaje Fotográfico se encontraban inmersas en un dibujo de una habitación. Esto me pareció muy interesante ya que el dibujo y los apuntes se encontraban completamente fusionados como formando una unidad. Pensé en que si se las separara, ninguna tendría el mismo sentido ni lograrían el mismo efecto.
Una vez hecha la recorrida, decidimos bajar y nos sentamos cerca del escenario en donde comimos algo mientras esperábamos que llegara la banda que iba a tocar esa noche. Había muy poca gente pero a medida que pasaba la noche, veíamos sujetos ingresar al Club. Por lo general, tenían un estilo bohemio pero no fue algo en lo que presté demasiada atención. Por el contrario, me percaté de un detalle: ya no estaba el cuadro del conejo que tanto me había intrigado en la primera visita.
Al rato, subieron al escenario una mujer y cuatro hombres y apareció toda la gente, como por arte de magia. Cada vez que miraba a mi alrededor, observaba que más y más personas se acercaban. Claramente, era la banda que había llegado. Ella tenía puesto un vestido corto con estampado, su cabello era claro y ondulado y usaba unos anteojos bastante llamativos. Los hombres, por su parte, estaban vestidos de manera más clásica e informal.
Al cabo de unos minutos, comenzaron a tocar: la mujer cantaba en francés y la acompañaban los cuatro músicos. Bailaba al compás de la música y le proponía al público que también lo hiciera. Así, algunos comenzaron a bailar mientras otros escuchaban con atención y tomaban un trago. La mujer tenía un tono de voz agradable y la música, por su ritmo, era alegre y divertida. Resultaba inevitable no moverse al escucharlos. Nos quedamos disfrutando del espectáculo y para el final, sabiendo que debíamos madrugar al día siguiente y que ya era tarde, llegamos a la conclusión de que era el momento de emprender la vuelta.