miércoles, 11 de mayo de 2011

Inolvidable - Tercera versión

El sonido del timbre interrumpió mis pensamientos. No se me ocurría quien podía ser, yo no esperaba a nadie. Distraída y abstraída en mis propios pensamientos abrí automáticamente la puerta que daba al jardín, sin ningún tipo de precaución. Es que ya no podía ver por el agujerito de la puerta y todavía no me acostumbraba a esa nueva vida. Me di cuenta que no había nadie. Salí de la casa, un poco temerosa al darme cuenta de lo que había hecho y me topé con eso. Un ramo de flores gigante estaba delicadamente apoyado en el pasto. Me acerqué a ellas para olerlas y tocarlas. Eran las flores más coloridas y aromáticas que había visto en mi vida. Eran tan extravagantes. Me costó mucho alcanzar el ramo pero cuando logré hacerlo, lo tuve en mis brazos como una madre a su hijo recién nacido. Tenía miedo de tocarlas porque sentía que las rompería y era lo que menos quería. Últimamente sentía que todo era frágil como yo. Pero me animé. Los pétalos de las rosas, eran más suaves que la seda. Nunca me habían regalado un ramo de flores tan hermoso y es que en realidad, nunca me habían regalado flores. Nadie sabía cuánto me gustaban en verdad. Solo una persona lo sabía y por eso estaba segura de quién me las había enviado… y por qué. Cerré los ojos, me aferré al ramo y comencé a dar vueltas en círculo. Cualquiera hubiera dicho que estaba completamente loca y hubiese tenido razón, pero no me importaba porque de hecho, lo estaba disfrutando. Era como si un tornado de aromas girara a mí alrededor y yo, me encontrara en el ojo de la tormenta. Inevitablemente y como si lo hubiera deseado, me dejé caer y fue recién en ese momento que, acostada entre los yuyos y luego de unos minutos, pude abrir los ojos. Él estaba ahí, contemplándome desde arriba ¡Había estado observándome todo el tiempo y yo ni lo había notado! Me puse roja como un tomate. Nos miramos un buen rato sin decirnos nada. Yo simulaba estar enojada, aunque, la verdad, se me hacia difícil. “Feliz cumpleaños… aunque estés enojada conmigo… bueno, creí que te gustaría recibir algo así en este día.” Me dijo, como suplicando que lo perdonara. Todo el amor que sentía por él me inundó el cuerpo pero no pude decir nada. La noche anterior después de discutir por teléfono y haberle cortado la llamada, desconecté los teléfonos y apagué el celular y la computadora para que ni apareciera. Claramente, estaba siendo un poco exagerada. Tenía que hacerlo sufrir un poco pero hasta ahí había llegado mi enojo. Le pedí que me ayudara a levantarme y en cuanto lo tuve cerca, lo besé. Creo que ese beso valió más que un “te perdono” y no hicieron falta palabras para  agradecerle y demostrarle cuánto me había gustado su regalo. Finalmente, nos miramos otra vez, ahora con una sonrisa en mi rostro, me tomó del brazo y me ayudó a ubicarme en la silla. Nos quedamos en el jardín todo el día. Jugamos a adivinar, con los ojos cerrados, el nombre de la flor con la que uno le hacia caricias en el rostro al otro. ¡Nos reímos tanto! Así estuvimos todo el día, hasta que comenzó a oscurecer. Nunca voy a olvidar ese día. Después de la tragedia, nada me alegraba la vida. Todos los días eran iguales, grises y tristes. Nada me motivaba. Hasta que apareció él y todo cambió. Ese cumpleaños, fue el mejor día de mi vida y gracias a él pude volver a sonreír.

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