Había llegado el día. Acostada sobre la cama y un poco desorientada mire a mi alrededor. Una luz blanca y brillante ingresaba por la ventana ubicada a mi izquierda e iluminaba la habitación. Fijé la mirada en el reloj que se encontraba en una de las paredes. Eran las ocho y veinte.
Los nervios, la ansiedad y la tensión invadían mi cuerpo débil. Necesitaba relajarme. Mis parpados cayeron lentamente y me dejé llevar. Al principio percibí un silencio sepulcral pero inmediatamente aparecieron algunos sonidos. Ruidos de autos andando, bocinas, la lluvia que caía afuera y un “pip” intermitente. Odiaba este último sonido. Me remitía al paso del tiempo y me recordaba que había vivido toda una vida. En ese instante, vi el rostro de Dolores. La recordaba a la perfección a pesar del paso de los años. Se la veía tranquila y alegre como siempre. Me decía que respirara. Tomé aire profundamente y exhalé. Sus enseñanzas me habían marcado y en los momentos importantes de mi vida, siempre me acordaba de ella. En los buenos y en los malos y este era uno de ellos.
Ahora podía escuchar mi propia respiración además de los otros sonidos. Percibía cómo el aire ingresaba en mi cuerpo, llegaba a mis pulmones, éstos se inflaban como globos y luego se vaciaban lentamente. Lo hice reiteradas veces y noté que mi cuerpo se había relajado. Dolores seguía ahí, podía oír su voz en mi cabeza pero la escuchaba cada vez más lejos y de a poco fui perdiendo la imagen de su cara.
De pronto, estaba volando. Era yo pero sana y feliz. El viento me rozaba la piel desnuda y el movimiento de mis cabellos blancos expresaba mi estado de libertad. Iba sin rumbo haciendo piruetas en el aire como una niña.
Miré hacia abajo y aprecié la vista panorámica que me proporcionaba la altura. Sólo podía divisar agua y más agua. No había tierra firme a mí alrededor. El océano, tan amplio y profundo me recibió repentinamente cuando empecé a caer en picada. Había intentado retomar el vuelo sin éxito; estaba realmente cansada.
Me sumergí, di vueltas y salí a flote en cuanto pude. Parecía un sueño pero no lo era. No podía serlo, todo me resultaba demasiado real. El aparente sueño se convirtió en pesadilla. Estaba completamente atrapada en una espaciosa realidad. Nadé y lo hice por horas, o al menos eso creo. Braceé en contra de la corriente. Ofrecí resistencia y luché por salvarme. Este pensamiento resonó en mi cabeza y repetí cada una de las palabras varias veces. Fue en ese momento en que comprendí el sentido de todo esto.
Dejé de luchar y aflojé mi cuerpo. La aceptación por fin había tomado forma. Observé los peces de todos los colores que me rodeaban mientras me hundía cada vez más en la inmensidad. Al mismo tiempo oía los sonidos del mar como una música placentera. Un nuevo mundo aparecía frente a mí.
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